lunes, 14 de marzo de 2011

Salvador en los ojos

Conocí a Salvador una noche en la que el teatro del pueblo explotaba de gentes ansiosas por la reinauguración de una de sus salas. Aquella que llevaba ya muchos años con sus luces apagadas y ventanas con cortinas de diarios que la habían alejado de las historias de cada una de las personas que allí vivíamos.
Ese día, la lluvia caía como si alguien quisiera llenarme de frescura, como si esa persona quisiera limpiar mis ojos de todo aquello que habían percibido antes, y entregarlos a eso nuevo que estaban a punto de conocer.
Yo no había aceptado compañía alguna esa noche. Llevaba conmigo sólo un paraguas que, cada tanto, permitía el paso de algunas gotas que mis labios cataban disimuladamente.
No podría decir que estaba a la espera de algo, ni que mi corazón latía desesperadamente, sólo para darle mayor romanticismo a la escena. No existía indicio alguno de que fuera algo increíble a suceder.
Mi cuerpo sólo estaba entregado a la lluvia, a la sala y a ese paraguas que, por ridículo que parezca, me hacía sentir mas fuerte y segura. Como si el solo hecho de tenerlo entre mis manos, abrirlo o cerrarlo, me otorgara cierto poder que nadie podría quitarme.
Lo que vino después no fue, en realidad, algo extraordinario. Quería concentrarme en las caras de aquellas personas, que se emocionaban con sus boletos en las manos. En otros que formaban perfectas filas a la espera de la función en aquella sala, por la que no habían pasado caras, colores ni sensaciones en décadas. Pero mis ojos, no hacían mas que verme a mí misma en aquél lugar, no podía fijarlos en nadie que no fuera extensión de mi yo.
Hasta ahí, nada que una lista interminable de maestros, médicos y psicólogos, no hayan hecho notar en largos informes y diagnósticos que llegaban a casa con frecuencia. Nada que no haya interrumpido el sueño de mis padres, mientras yo continuaba mirando aquellas cosas para todos insignificantes, y para mí las únicas posibles de ser vistas.
Las caras de muchos, eran nebulosas. Algunas palabras, imposibles de leer. Películas enteras, sólo oyendo sonidos.
No era infeliz. Todo lo que hasta ese momento había podido observar, me había transformado en quien era, no me preocupaban demasiado mis cegueras momentáneas.
Escuché el último llamado a la función, cerré poderosamente mi paraguas y me dirigí a la entrada de la sala. Cuando miré hacia dentro, me dí cuenta que las luces, ya habían sido apagadas, el murmullo se oía cada vez más débil. Comencé a entrar con mis pies en puntitas y la espalda curvada, pensando que de esa forma podría hacerme imperceptible para aquellos que ya fruncían su ceño; señal de una atención profunda y crítica hacia la obra que estaba a punto de empezar.
Habían pasado ya varios minutos de la función, en los que sólo elementos de la escenografía guardaban mis pupilas.
Las caras y los cuerpos de los actores, eran gigantescos signos de pregunta, hasta ese momento.
De repente oí que Matilde, el personaje de una madre desgarrada de dolor por la muerte de su hijo, llama a Salvador.
Es entonces que lo veo. Puedo mirar sus ojos, la expresión de su boca, las gotas de transpiración que recorren sus patillas, el nerviosismo de sus manos, el movimiento de sus piernas.
No logro entender qué personaje representa, cuál es su papel. No importa, la felicidad me invade, no necesito comprender nada.
Ya casi no puedo parpadear, pero mis ojos no se nublan, están inmóviles, estáticos en él. Ese hombre que ni siquiera conozco.
Decido, entonces, que debo conseguir su mirada.
Comienzo a moverme, bailo con mis manos, grito su nombre (el nombre que conozco de él), me subo a la butaca. Sé (porque puedo percibirlo con mis otros sentidos) que la gente a mi alrededor me observa, se ríe, me juzga, pero simplemente no puedo verlos.
Salvador está por todo mi cuerpo, no hay más lugares en mí.
¿Por que no me mira?
Siento miedo por primera vez. Miedo a que él no pueda verme, a ser parte de su ceguera. Tengo miedo porque sé que eso es posible. Necesito desesperadamente que sus ojos se claven en los míos, aunque sea por un instante.
Llega la última escena. No me mira, no hago más que mirarlo.
Salvador desaparece.
Vuelvo a sentarme. Ya pasó el miedo.
Mis pupilas se quedan llenas de él.
Regreso a casa, sigue lloviendo.
Llevo mi paraguas en una mano.
Me llevo a mi Salvador en los ojos.